lunes, 14 de abril de 2008

La Playa

Me asomo a la ventana y me llegan aromas de mar y olor a tierra fresca. Hoy hace un día magnifico de playa pese a que es 10 de abril. Pienso que esto del cambio climático no es tan malo, pese a todo, para los que vivimos en climas húmedos. Decido aprovechar el día e irme a la playa por lo que me hago una tortilla de dos huevos con atún y trigueros, cojo mis cosas, las meto en la mochila y salgo de casa dispuesto a pasarme todo el día fuera, así que al salir cierro con doble vuelta. Nada más llegar a la playa veo a una docena de personas desperdigadas manteniendo de forma escrupulosa la misma distancia entre ellas. Es una cosa curiosa pero así es el ordenamiento que siempre se da en las playas. Es como si fueran colonos repartiéndose unas tierras que consideran suyas a trozos iguales. A mí no me interesa situarme entre esos espacios que dejan porque mi lógica va en dirección opuesta. Prefiero ponerme a resguardo de la brisa marina detrás del puesto de socorro, y es que aun estamos en abril pese al cambio climático. En menos de un minuto estoy ya tumbado sobre la toalla y a resguardo esperando que me inunde esa agradable sensación de los rayos del sol impactando sobre mi piel. Me pongo los cascos para escuchar en el ipod un poco de bebop del gran Charlie Parker que ayer me bajé de internet, aunque termino eligiendo el Summertime de Coltrane que encuentro más apropiado para este momento. Al rato de estar tumbado plácidamente sobre la toalla me invade un agradable sopor con el jazz de fondo pensando en ella. Repentinamente siento un hocico olisqueándome y mojándome con sus fluidos la entrepierna. – ¡Joder que susto! Largo de aquí. Ata al perro, ¿No?–, le digo a la dueña. Ella con cierta condescendencia me dice que no me preocupe que ‘su Thor’ es muy bueno y que –aun no es temporada de playa. Puedo estar aquí con el perro–. –Sí, pero átalo si molestas a la gente– le replico. A lo que me responde otra vez con que ‘su Thor’ es buen chico. Joder con la tía esta, digas lo que digas hace lo que le da la gana. Contrariado saco la UK de la mochila (una revista en euskera que me he bajado para hojear) y de paso practico un poco mi depauperado euskera. En esas estoy cuando por curiosidad me fijo a ver qué hace la chica. Debe rondar los veintiocho y pienso que es un poco pija puesto que viene vestida de modo poco apropiado para pasear un perro por la playa. Se ha sentado en un talud de arena a unos 20 metros de mí, con el sol de espaldas y en la sombra. – ¿Para qué viene a la playa la petarda esta?–. Me fijo que el perro no le hace ni caso, parece un perro salvaje, sin domesticar. Solo hay que ver los chillidos que le da ella sin que el perro le preste atención alguna. Menuda escena. Eso sí, pone mucho ímpetu en las ordenes que le da pero sin entender la verdadera psicología del animal. No entiende que es un animal y lo trata como a una persona. Pero… ¿Por qué me extraño? si tengo varias amigas con ‘perrito’ y los tratan igual. Como si fueran el hijo que no les da la gana tener. Ensimismado en estas disquisiciones suena un móvil. La están llamando, ¿Por qué no lo descuelga en vez de estar mirando cómo suena? Por fin lo descuelga y por lo que da a entender debe de ser su novio. Le esta chillando igual que al perro. Joder, esta tía trata igual a su novio y al perro. Y supongo que el novio le hará el mismo caso que le hace el perro. Me rio para mis adentros porque sé que esa seguridad autoritaria que desprende no es más que pura fachada de las inseguridades y desconocimientos sobre la psicología tanto humana como animal que padece la pobre. Me doy la vuelta a ver si dejándola de ver me olvido de ella. Juego con la arena entre mis dedos, pienso en las cosas que tengo que hacer el fin de semana. He quedado con Lorena el sábado para celebrar su no-cumpleaños, aunque espero verla el viernes en el concierto de reggae y el domingo comida con mi madre. Veré a mis perritas y prepararé la huerta, que ya viene el buen tiempo. – Ven aquí. ¡Qué vengas aquí!– escucho, haciéndome salir de forma repentina de mis pensamientos y es justo cuando veo como le pega al pobre perro con la correa. Ya no aguanto más. Voy hacia ella con la determinación de decirle unas cuantas cosas. Me ve y se pone en guardia. – ¿No sabes que así no se trata a un pobre animal? Lo único que te está pidiendo el perro es que te levantes de ahí y juegues con él. Tírale un palo o pasea y que corra por la orilla–. – Tú que sabrás. Cómprate un perro para decirle lo que te dé la gana, pero no a mi–. Es tan mal educada que merece un escarmiento. Cojo un palo cercano y tiro el palo hacia la orilla con todas mis fuerzas. El perro sale corriendo a por el palo sin importar que la dueña le tenga cogido por la correa, lo que provoca la caída de esta de rodillas sobre la arena. – ¿Ves? No puedes ni con él. Tu perro me hace más caso a mí que a ti–. Ella sale corriendo detrás del perro gritando improperios dejando sus cosas atrás cuando de nuevo suena, o mejor dicho, vibra, el móvil. Lo cojo y veo en la pantalla ‘Juan 2’. – ¿Si, quien es? –. –Soy el novio de Susana, ¿Quién eres tú? –. – ¿Yo?, soy Juan 3. Tú ya eres pasado Juan 2. Te estoy haciendo un favor al librarte de la bruja esta que pega a los novios y grita a los perros. ¿O es al revés? , qué más da. Tú ya sabes a lo que me refiero. Hasta siempre Juan 2–. Cuelgo y dejo el móvil sobre su sitio. Me vuelvo a la toalla antes que vuelva Susanita con el perro y me marcho con viento fresco. Y es que aunque haga sol aun estamos en abril pese al cambio climático.

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