martes, 8 de abril de 2008

La Prueba


Suena un disparo enlatado por megafonía. Me estiro hacia delante y salto al vacío como si me hubieran clavado una aguja en el culo. Estoy volando y en ese instante tengo tiempo para ver por el rabillo del ojo que no he saltado entre los primeros. De ocho creo que soy el anteúltimo. También es normal, soy el más grande y peso un tercio más que todos ellos, además de ser el único que juega a baloncesto, hace waterpolo y es campeón de ajedrez con solo 15 años. Aunque por dentro estés ardiendo y notes como se evaporan las gotas de agua al contacto de tu piel te quedas frio después de estar un rato fuera de la piscina esperando el pistoletazo de salida. Penetro en el agua y noto como si me quemara la piel. Parece mantequilla caliente. Dentro ya del agua intento no clavar hacia abajo demasiado y quedarme lo más cerca de la superficie. Si me paso y me hundo más de la cuenta estoy perdido. Esta vez lo hice bien. Aprovechando la inercia de entrada me estiro como si quisiera alcanzar con la punta de los dedos la meta. El agua me pasa veloz haciendo un ruido ensordecedor en mi cabeza. Intento calcular el momento en que el impulso pierde fuerza y empiezo a cimbrear mi cuerpo bajo el agua como si de unas convulsiones violentas se tratasen. Ahora sé que mi tamaño es un impedimento que los otros no tienen, pero también sé que mi envergadura es de casi dos metros con los brazos extendidos. Para quien no lo sepa el estilo mariposa es el más jodido. Nadie quiere nadar mariposa. Esta forma de nadar es absolutamente retorcida. Pero el entrenador me eligió a mí. Algo debió verme. Ahora sé que no vio nada, solo al único que no le importaba hacer el ridículo nadando mariposa pudiendo lucirse en otro estilo más agradecido y clasificarse mas fácilmente. Con la cabeza aun bajo el agua doy mi primera batida de brazos. Abro los brazos como si fueran a descoyuntarse. Mis pies dan violentas patadas acompasadas con los brazos. Agacho lo que puedo mi cabeza notando como el agua corre por mi espalda. Doy otra brazada ampliando más aun la apertura de brazos. Creo que se me salen del tronco, pero después de dos buenas brazadas toca premio. Respirar. Por fin saco la cabeza del agua además de medio cuerpo. Cuanto más eleve mi cuerpo sobre el nivel del agua, mas lejos llegaré. Noto como las lumbares crujen. Inspiro con la mayor fuerza que puedo. Con solo dos batidas veo que he superado al de mi derecha. No estoy acabado. Sumerjo la cabeza. Con el aire de mis pulmones puedo dar en condiciones dos brazadas, una tercera me restaría velocidad y me agotaría por falta de oxigeno antes de llegar a la mitad. Son cincuenta metros. Un largo al sprint. Pienso que ya no quedare el último. No sé cuantas brazadas doy, pero estoy llegando ya a la mitad de la piscina olímpica y noto una calma a mí alrededor. No veo el agua que debieran de lanzarme los de las calles cercanas. Voy solo, pienso iluso de mí. Que va, estamos tres en línea. Tal vez sean los de las calles cinco y seis, o seis y siete. Yo estoy en la dos por el tiempo que saqué en los clasificatorios. Los mejores tiempos corren en la cinco y seis. Menos mal que no me ha tocado pared. Se nada con miedo por la calle uno, con la duda de si te vas a dar con la mano en la pared lateral de la piscina. Sigo nadando. Aquí estoy, a mí nadie me ha venido a ver. Tal vez sea mejor, o tal vez sea lo de siempre. El único que sé que mira mis progresos es el entrenador. ¿Qué estará pensando? Lo sé, lo primero es que no se lo cree, y lo segundo, que ya no saco tanto el cuerpo del agua, pero joder, que nade el si quiere ganar. Mi cuerpo es de baloncestista y mi cerebro de ajedrecista. A mí con tal de no perder me da igual, empecé con la natación por la espalda, aunque ahora mismo me motiva que el cabrón este me mire y vea que se equivoca cuando me fustiga más que al resto durante los entrenamientos. Cuando entrenamos siempre soy de los últimos, pero claro, son entrenamientos para nadadores con expectativas para los nacionales. Una hora y media nadando hasta la extenuación más el partido de waterpolo de media hora. De la natación lo que más me gusta es el waterpolo, una mezcla de resistencia, sprint y poder de elevación, fuerza. Lo que va más con mi complexión. Somos animales batiéndonos como si la vida nos fuera en ello. Sin darme cuenta me doy una ostia contra la pared. ¿Ya terminó todo? Me giro y veo también al de la calle seis en meta. ¿Quién ha ganado? No oigo nada, en mi cabeza aun resuenan las turbulencias del agua. Miro el marcador, soy segundo. No me lo creo. El entrenador me mira con cara de bobo. No está ni contento ni cabreado. Yo sí que lo estoy. Contento, claro. Es como si hubiera ganado.

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